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Por Priscila Torres

Respiro profundo, lleno mis manos con magnesio y con un soplido esparzo los restos. Estoy frente a la ruta de las “maderitas” miro arriba, repaso los movimientos en mi cabeza, y entera me dispongo a avanzar un paso más al menos. Voy. El dorsal me sale perfecto, me siento ligera, apenas uso mis pies, dos movimientos, 1,2,3 ruta resuelta. Despierto.

El hombro me duele menos, me paro frente al espejo, la mayoría de movimientos indoloros, pienso “hoy me escalo todo”.

Agarro el teléfono, entro a Instagram. La piba que sigue sin aparecer, un nuevo femicidio… Subo a mi bici, primer semáforo: un extraño me dice como me garcharía. Avanzo un par de cuadras y pienso que soy una boluda por olvidarme los auriculares. Pedaleo rápido para bajar el enojo, llego tarde al laburo. Me preguntan si vi «lo de la murga», entro a varones del carnaval y leo un montón de mierda. Me indigno. Me preocupo, sigo.

Queda poco para salir al murito, el momento más esperado del día. No puedo dejar de pensar si el sueño es una especie de presagio, me predispongo a sacar la ruta, o por lo menos avanzar un poquito más.

Pedaleo fuerte, calculo para no parar en los semáforos, me abstraigo ante los comentarios de los autos que pasan por mi lado.

Llego, caliento, me enfoco, respiro profundo, lleno mis manos con magnesio y con un soplido esparzo los restos. Repaso los movimientos en mi cabeza, voy. El dorsal no me sale, caigo. Miro el techo, me re-quemo, y mientras me incorporo una voz atrás me dice “lo hiciste mal, ese pie no va ahí, debiste hacer esto…”volteo y un pibe que no conozco se acerca a seguirme explicando todo lo que no hice bien. Lo observo y por dentro pienso , ¿quién carajos te preguntó?. Lo miro, no contesto. Pienso que es uno de esos días en los que no te sale nada, me resigno, escalo poca cosa y empiezo el regreso a casa.

El camino es oscuro, olvidé cambiar la luz, y veo poco, hay poquísima gente en la calle. Al llegar a la puerta de mi casa, veo dos tipos parados en frente, no consigo ver sus rostros, y siento desconfianza así que decido seguir de largo y esperar a que se muevan del lugar. Doy 5 vueltas a la manzana y siguen ahí, como esperando, así que decido irme a otro lado a pedalear. Media hora después el hambre me ataca y decido volver, los tipos ya no están. Como algo, me ducho, espero que el dolor del hombro no me despierte y me dedico a descansar. Mañana es otro día más.

¿Por qué nos juntamos?

Pienso muchas veces en vivir sin dar explicaciones. Por qué tener que justificar una postura, una forma de vida suele resultar tedioso cuando la crítica y los ojos están constantemente sobre ti. Que por qué haces esto y no aquello, por qué viniste acá, por qué te vistes así, por qué actúas así y no de tal manera. Me pregunto yo, ¿por qué seguir dando explicaciones?

Desde que nacemos se nos imponen maneras de ser buenas, se nos enseña a ser agradables, a mimar, a cuidar, se nos exige, se nos obliga, pero nunca se nos permite decir lo que queremos, no se nos permite ser.

La sociedad nos ha creado, y nos ha creído débiles, sutiles, y sumisas. Ha condenado aquellas actitudes que se salieran de la norma. Ha diseñado un cuerpo en el que tenemos que encajar, una sonrisa a la que no podemos renunciar, a depender, a satisfacer, a obedecer. Sentir, pensar y actuar distinto implica que la mirada ajena esté siempre sobre ti. La sociedad es dueña de tu cuerpo.

A pesar de ser la mayoría a nivel mundial, todavía tenemos que luchar por habitar los espacios que nos han sido arrebatados, o en los que simplemente se nos ha impedido estar. Desde el acceso a la educación, a la salud, a una remuneración digna y decidir sobre qué hacer con nuestros propios cuerpos, cómo dirigir nuestra vida y cómo vivirla, siempre nos encontramos justificando y dando explicaciones.

Como escaladoras lo único que queremos es poder ser libres en el gimnasio, en la roca, en el boulder, en el desplome y la fisura. Escalamos porque somos conscientes de nuestra fortaleza, porque la roca nos sana y nos contiene. Porque nos encordamos al miedo y le permitimos ser nuestro maestro. Porque amamos la danza del día a día con el vértigo.

Porque no tenemos la sonrisa congelada y nos enojamos, y sentimos rabia.  Porque amamos nuestros cuerpos a pesar de si caben o no en el molde que les resulta agradable al resto. Porque soñamos despiertas al mirar los paisajes desde arriba.

Nos juntamos porque el abrazo es desde adentro más sincero. Porque todos los días ganamos o perdemos y estamos juntas en eso. Porque el dolor de que nos asesinen, juntas duele menos.

Porque sabemos que hay estructuras sociales que deben romperse y desaparecer. Porque queremos que se hablen de nuestras destrezas y no del tamaño o forma de nuestros cuerpos. Porque queremos ser fuertes o frágiles, y queremos que las demás personas también lo sean, porque sabemos que  lo único frágil son los estereotipos que quieren que las personas cumplamos.

Porque somos suficientemente fuertes, resilientes, valientes, inteligentes y poderosas y no dejamos que los demás nos digan lo contrario. Porque es una manera distinta de aprender a confiar en nosotras y los demás, porque abrazamos el error para poder aprender. 

Y todo esto no lo decimos para explicar. Nos lo repetimos a nosotras mismas como un mantra de afirmación para recordarnos quienes somos y así poder seguir viviendo, esperando algún día dejar de luchar, dejar de resistir, y empezar a ser, sin preguntas y sin explicaciones. Para fluir desde arriba, o cayendo, sintiendo la sutileza de nuestras manos sobre la roca, con la gravedad de por medio, porque decidimos vivir así, y así nos queremos.

Priscila Torres, Uruguay, Diciembre 2020.

Me llamo Priscila Torres. Tengo 33 años, nací en Ecuador y vivo en Uruguay desde hace casi 6 años. Empecé a escalar con mi tío Gustavo a los 7-8 años, y desde ese momento he tenido momentos de encuentros y desencuentros con la roca. Regresé a las alturas casi dos décadas después en medio de la pandemia. Mi lugar favorito de escalada es Paute en Ecuador; allí nací y comí las mejores tortillas de maíz del mundo. Corrijan, tortillas de choclo.

En Agosto de 2020, un año lleno de las palabras pandemia y cuarentena, un grupo de mujeres decidimos preguntar sobre la posición de los escaladores y escaladoras con respecto a la temática de género (a pesar del malestar que esto causó a unos pocos). Sin querer queriendo movimos un avispero que estaba lleno de ganas de trabajar en conjunto, desde el lado más consciente, y conciliador pero en pie de lucha contra el machismo que sabemos nos inunda hace años como sociedad, nos levantamos y tomamos la palabra. Durante la encuesta de género (link a la encuesta) aparecieron mensajes de apoyo, un buen porcentaje decidió contestar y hacerse cargo de sus propias concepciones internalizadas más allá de la inclinación de las mismas, y otros, muy pocos, decidieron sentirse atacados. 

Pusimos un tema muy incómodo sobre la mesa, y obtuvimos reacciones, que es lo que queríamos lograr, el debate, saber cómo pensamos y trabajar en lo que se pueda mejorar, entre todes. Las mujeres llevamos vidas marcadas por los modelos culturales del patriarcado, vidas enteras, y lejos de querer hacernos las víctimas, acá estamos intentando lograr espacios más justos para todes, y si bien hay quienes quieran callarnos minimizando nuestras palabras, poniéndonos en una posición absurda de desubicadas, tenemos años de experiencia de este maltrato, así que nos encontrarán más y más fuertes queriendo lograr nada mas y nada menos que ser tratadas por igual.

Un 1ro de Octubre, un grupo de mujeres (más grande) decidió juntarse y hablar sobre el tema,y lo venimos haciendo sistemáticamente todas las semanas.  Algo se está gestando en Uruguay y me llena de orgullo tener hermanas tan fuertes, pero tan fuertes, que no tienen miedo de mostrarse tal cual son, y así nos queremos.

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