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“Soy fruto de los cerros
Mi cuna fue de piedra
Y mi tumba será también sin dudas
Algún rincón soleado de la sierra”

Poema de Santos Inzaurralde y Santiago Chalar

“Nací, crecí como el clavel del aire, prendido entre las grietas” así continúa el poema de Santos, que bien podría estar hablando de un escalador, aunque no creo. Pero justamente esto, nos hace caer en la cuenta que hay vínculos que cambian: la ruralidad en las sierras ya no es la misma que hace 30 años. Pero a su vez hay aspectos que no varian: mientras exista humanidad habrá humanos trepando las rocas, con más o menos equipo, pero siempre trepando.

Y como ya entramos en el ambiente serrano ahora hablemos del Arequita. En estas breves palabras quiero transmitir a la comunidad de altura (escalada, rappel, slack, espeleo entre otras) la necesidad imperante de salir de nuestras disciplinas para mirar el entorno que nos rodea, el resto de las personas y actores que existen en esta zona. Creo que es la mejor forma en la que podemos pensar en un futuro, en un desarrollo sostenible para nuestro querido lugar.

En alguna de mis recorridas por el macizo he charlado con personas de la altura que me han llegado a decir “pero en este Cerro no hay nada, algún lagarto, alguna víbora quedará” y la verdad que para mí eso ya es mucho. ¡Aunque hay mucho más! Y si no hubiera otras especies es porque nos hemos encargado de fragmentar su hábitat, antropizar los remanentes y cazarlas.

Con esta anécdota quiero generar alerta, si bien no es la mirada que abunda entre los aventureros, no siempre que vamos hacer deportes de altura nos cuestionamos acerca del lugar ¿qué hay? ¿qué ya no hay? ¿por qué ya no está? ¿qué especie es esta? ¿cuáles son las características de esta roca? ¿por qué está el Arequita acá? Simplemente vamos, usamos (tratando de generar el menor impacto posible) y nos devolvemos. Pero no hay un interés latente por comprender y ser parte de este hermoso ecosistema.

Un primer paso para volvernos parte del Cerro es entender que, cuando entramos a un monte estamos entrando al hogar de muchísimos seres vivos. Y por esta razón debemos hacerlo cómo se hace en cualquier casa, pidiendo permiso y entrando tranquilos para evitar molestar a esos seres que ahí viven.

Creo que cómo nuevas generaciones tenemos la inmensa responsabilidad en nuestros hombros de detener el avance destructivo sobre la naturaleza. Por eso, cada vez que pongas un pie en un lugar agreste preguntá, trata de conocerlo cada vez un poquito más, escuchá, apagá la cabeza y escuchá. Y así se van a ir abriendo ante tus ojos las maravillas de la roca y otros seres.

Virginia Toledo, habitante de las sierras.

Gracias a Diego Irázabal por el título de la nota y a Es Pa’ Arriba por el espacio.

Virginia con su hijo, en el Arequita

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